En un giro digno de la imaginación más febril, el ex-presidente Donald Trump ha vuelto a captar la atención del mundo con su última amenaza: cambiar el nombre del Golfo de México por el de Golfo de América. Una propuesta que, a simple vista, parece sacada de las páginas de una novela de ciencia ficción. Pero, como bien sabemos, en el universo de Trump, lo imposible no es más que una cuestión de perspectiva.
Pero esto no queda ahí. No contento con la idea de renombrar cuerpos de agua, el magnate ha decidido que también es el momento de imponer aranceles a los aranceles que ya existen en el TMEC. Una idea que no solo roza lo absurdo, sino que también invita a la confusión y al asombro. ¿Qué será lo siguiente? ¿Aranceles a los aranceles de los aranceles?
Ambas afirmaciones, aunque carecen de sentido práctico, han logrado captar la atención y credibilidad de muchos en ambos lados de la frontera. Las palabras de un populista tienen un poder extraordinario, una capacidad innata para sembrar la duda y la controversia. Es aquí donde se vislumbra el verdadero arte de la política: mientras el pueblo se distrae con estas ocurrencias, los verdaderos movimientos se llevan a cabo en lo “oscurito”.
En este mundo de locuras, lo que realmente importa es cómo un discurso aparentemente inofensivo puede ser utilizado para desviar la atención de los problemas reales que afectan a la sociedad. Mientras tanto, el resto de nosotros solo podemos mirar con incredulidad y, quizás, una pizca de risa ante la monumentalidad de lo absurdo.
Así que, mientras el Golfo de México se resiste a ser renombrado y los aranceles siguen su curso, recordemos que en la política, como en la vida, lo que parece ser una broma puede convertirse en la más seria de las realidades.
foto de portada: Gage Skidmore from Peoria, AZ, United States of America, CC BY-SA 2.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0, via Wikimedia Commons
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